El liberalismo blando de Charles Taylor y sus límites

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Publisher: Laterza
Pages: 136
Price: €14,00

El último libro de Charles Taylor publicado en Italia es “La scommessa del laico” (“La apuesta del laico”), co-escrito con Jocelyn Maclure y editado por Laterza (2013). En este libro él distingue entre laicidad y secularización. El Estado debe buscar la laicidad sin promover la secularización (p. 13). Según él el modelo “republicano”, como el francés, no lo consigue, mientras que el modelo liberal-democrático, como el de Quebec, donde vive Taylor, sí lo consigue. El modelo republicano cede a la tentación de hacer de la laicidad un equivalente secular de la religión (p. 10) sustituyéndola con una filosofía moral laica (pp. 11 y 12), una especie de religión civil. El modelo liberal-democrático, en cambio, se mantiene neutral frente a todas las religiones y todas las filosofías. Pero no se concibe como neutral frente al deber de garantizar la igualdad entre ciudadanos y la libertad de conciencia (pp. 14 y 15) para permitir la coexistencia pacífica.

La diferencia entre estos dos modelos resulta aún más clara cuando Taylor fija los principios de la laicidad, distinguiéndolos de los medios. Los principios son la igualdad para todos y la libertad de conciencia, mientras los medios son la separación entre Estado e Iglesia y la neutralidad del Estado (p. 18). El sistema republicano corre el riesgo de subrayar los medios antes que los principios, y a menudo lo hace o para insistir en la autonomía o para favorecer la integración (p. 28). Por eso prohíbe el velo en las aulas para garantizar la neutralidad del Estado (que es un medio), pero de este modo atenta contra la libertad de conciencia (que es el fin).

El modelo liberal-democrático, en cambio, mantiene firmes los principios pero es flexible con los medios. Si en un determinado país existe un calendario de fiestas provenientes de una cultura religiosa, como la cristiana, sería absurdo querer eliminarlas haciendo tabla rasa: sería un ejemplo de jacobino fetichismo de los medios (p. 28). Es más sabio realizar los ajustes razonables: por ejemplo conceder permisos laborales a quienes son de otra religión para que puedan cumplir con sus obligaciones religiosas. En este caso se flexibiliza un medio (la neutralidad del Estado) en beneficio del fin (la libertad de conciencia).

Lo mismo se puede explicar —-dice Taylor— distinguiendo dos sentidos de la palabra “público” (pp. 36-39). Uno se refiere al Estado y las instituciones que se llaman, precisamente, públicas, como en la expresión de oficinas públicas o escuela pública. Otro se refiere al ámbito de la opinión pública y de la manifestación libre de las propias ideas. Si se prohíbe el velo en la escuela se está entendiendo lo público en el primer sentido, pensando que lo público debe ser neutral; pero esta misma disposición es contraria con lo público en el segundo sentido, es decir, como un espacio de libre expresión de los propios proyectos de vida.

La vía propuesta por el libro es la de las concesiones justas y razonables: el permiso a quien es de otra religión para trabajar los domingos y así poder ausentarse del trabajo en otros días o situaciones similares. Ajustes de este tipo, por supuesto, deberían ser concedidos no sólo por razones religiosas, sino también para permitir las propias opciones seculares de vida. Un vegetariano tiene derecho a que en la escuela o en la cárcel se pueda comer sólo verduras, así como un judío tiene derecho de poder comer Kosher. Pero aquí nace el problema de cómo distinguir los gustos o los deseos, de los proyectos de vida y marcos de referencia. ¿Ser vegano es sólo un deseo o también es un marco de referencia existencial?

El libro no puede dejar de reconocer la extrema sutileza de estos límites y, en consecuencia, la posibilidad de una proliferación interminable de solicitudes de compensación por parte del Estado. Esto podría provocar que más personas piensen lo contrario, es decir, que cuando algo se establece democráticamente ya no puede admitir excepciones.

En estos últimos elementos se trasluce la debilidad de la propuesta de Taylor. Ella, de hecho, no prevé ningún motivo para dejar de conceder —como ajuste razonable— el aborto o el matrimonio homosexual. ¿Y por qué no, incluso, también la pedofilia o la poligamia? También éstas podrían ser no sólo deseos sino también marcos de referencia de vida que, como tales, merecen una compensación por parte del Estado.